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Bestiario, cruzas

Por César Mazza

Tengo un animal curioso, mitad gatito, mitad cordero. (…) en mi poder se ha desarrollado del todo; antes era más cordero que gato, ahora es mitad y mitad…Franz Kafka

Le estás enseñando a nadar a un pez… Francis Ponge

Las fórmulas, grafos y matemas que encontramos en la enseñanza de Jacques Lacan se desenvuelven de una manera extraña, tanto es así que llegan a adquirir formas cuya intricada composición puede repeler a quienes gustan de las buenas formas y, a la inversa, atraer y atrapar a los que no tienen todavía un gusto especialmente ya establecido.Tal vez esas formas adquieren el estatus de cruzas. Por ejemplo, el primer cruce de dos vectores significantes en un grafo de Lacan, llega a constituir una célula. El cruce produce un punto de basta, un origen o un comienzo, que detiene la corriente, el deslizamiento indefinido de la significación. En este cruce se enganchará un organismo. El efecto de este enganche será sacarlo de su nado vivo, para hurtarle “su intención que se esfuerza en ahogarlo en la onda de su pre-texto, a saber la realidad que se imagina en el esquema etológico del retorno de la necesidad” (Lacan, Escritos, 785).¿Cómo un pez podría ahogarse en su propia realidad? Extraña especie ésta, la de un pez capaz de ahogarse en su propio caldo.Pero no perdamos la paciencia ni el gusto por revolver acertijos, en las siguientes líneas del mismo Escrito, Lacan introduce dos especies más, singularísimos a esta altura: un perro que hace miau, miau y un gato que ladra.

Este primer cruce, habrá que precisar, no está dado de antemano, se produce como efecto de un discurso y conmueve la ontología con la que cada ser hablante llega a un análisis. No se necesita tener una gran ilustración ni un sofisticado pensamiento para padecer de una ontología, basta con creerse idéntico a una clasificación determinada por la demanda del Otro. Por lo tanto, una ontología, en este sentido, es algo que se padece y un análisis comienza cuando se conmueve, por un instante, la necia atribución de ser dictada por la exigencia del Superyó.

Ni ser ni no ser sino no realizado, cada analizante hará la experiencia de abrir su “sofistiquería” (Masotta, Ensayos Lacanianos, 245) al producirse las primeras cruzas.Momento fecundo que implicará la suspensión de la exigencia trascendental formulada por Aristóteles. Semejante exigencia establece que “hablar es decir algo que tenga un sentido, uno solo y el mismo para sí y para otros” (Cassin, El efecto…, 20). Desde esta perspectiva, la palabra concierne a significar y significar equivale a significar la esencia de lo que la palabra nombra. Performance tras performance, en el dispositivo analítico se reconocerán al menos dos maneras de hablar, dos exterioridades creadas por la textualidad sofística que dan vida a palabras no extenuadas por ninguna exigencia trascendental. Una imposible que consiste en hablar sin significar. De llegar a proferir un sonido desprendido del sentido, entramos en la dimensión del equívoco, del lapsus y de la homonimia.

Otra manera es la posible al decir cosas que deciden su sentido sin atender la transitividad entre el ser y el decir. De esta forma, nos abrimos a la posibilidad de decir cosas que tienen un sentido, sin preocuparnos por su existencia. Estas cosas, hechas de sentido, que no tienen una referencia universal, no dejan sin embargo de afectar a un cuerpo.

De modo que el comienzo del análisis tiene que ver con que podamos “contarnos historias de hirco ciervos” (Cassin, El efecto…, 200)

Especies insumergibles

En una oportunidad, con el humor digno de Alfred Jarry, J.-A. Miller definió al analista como especie “insumergible” (Miller, La ternura…, 4); por generarse en el lugar de la inconsistencia del Otro, nadie los puede hundir… ni tampoco salvar. El problema surge cuando estos especímenes, que por definición no se prestan a una clasificación sustancial, se dejan llevar por la corriente que los ahoga en los espejismos del “ser y su esplendor, lo verdadero, lo bueno, lo bello, etc.” (Lacan, El sinthome…, 204)

¿Con qué medios seguir nadando sin tragarse estos señuelos que el mercado ofrece en la tienda de los escaparates? ¿Qué definiciones impedirá el hundimiento de nuestro juicio en las clasificaciones dictadas por el mercado de la salud?

Este Exordio se larga a andar, como esos bichos indomesticables del bestiario lacaniano[1] por el problema de las clasificaciones, cada Sección ensaya su propia retórica. Una retórica que, al designar la irrupción insumergible de lo singular, desmantelará toda clasificación que no le pertenezca. Quedará una vez más en el inclasificable lector la suerte que correrá este nuevo comienzo.

Notas

  1. Mencionemos algunos: la mantis religiosa, el murciélago, el cigarro culebra, mujer, el ruiseñor de Lacan, laminilla, el diablo enamorado, el íncubo ideal, el gusano de la causa que lo hiende, etc.
Bibliografía

Cassin, Bárbara. El efecto sofístico. Bs. As.: Ed. FCE, 2008.

Lacan, Jacques. “Subversión del sujeto y dialéctica del deseo”. Escritos 2. Bs. As.: Ed. Siglo XXI, 1986.

Lacan, Jacques. “Nota paso a paso”. El seminario, libro 23, El sinthome. Bs. As.: Ed. Paidós, 2006.

Masotta, Oscar. Ensayos lacanianos. Barcelona: Ed. Anagrama, 1976.

Miller, Jacques-Alain. La ternura de los terroristas y otras cartas. Bs. As.: Ed. EOL, 2001

SUMARIO