Home Futuro Anterior Lecturas pos-verano

Pilar Ordoñez3Continuando la producción de la psicoanalista Pilar Ordoñez, invitamos a la lectura de dos exquisitos comentarios mas.

El primero sobre Gloria (Novela. Editorial Otium. Bs. As.: 2014) de Graciela Avram y el segundo sobre la primera entrega de Psine (Revista digital del Programa de Cine, Psicoanálisis y otras miradas del CIEC. Córdoba: 2014)

.

.

.

Gloria

 Gloria es la precuela de una trilogía escrita por Graciela Avram. En sus páginas se encuentran, como al pasar, los títulos de las novelas anteriores. Quizás por eso se justifique pensarlas en serie. Por eso y por el personaje de Zomer, un psicoanalista escéptico que desprecia a los alumnos por más inteligentes que sean y se permite elegir a sus discípulos por indicadores menos ortodoxos que el sospechoso mérito académico.

El título condensa el acento irónico de la voz narradora. Una ironía que el lector agradece y no decae a lo largo de los once capítulos. Gloria es un nombre propio, es decir tan ajeno como lo es cualquiera de los patronímicos con que se bautiza a un mortal. Es el intento fallido de una mujer por nombrar lo más impronunciable: un deseo. Un deseo que termina reducido a una tentativa neurótica y desbarranca hacia una ensoñación. La gloria es un sueño, el sueño de ser, ser una rubia de Barrio Norte con todos los beneficios de una clase que se representó por fuera de la historia durante varias décadas. Pero su sueño es tremendo: pretende pertenecer sin tener que esconder la decadencia que suele taparse tras los coquetos departamentitos de esa imprecisa zona que se dibuja entre Recoleta, Retiro y Palermo. Gloria quiere la prosperidad económica, la posición social, el matrimonio conveniente y ser. Ser amada, ser rubia, ser lo suficientemente frívola como para que Luca Prodan le dedique alguna canción desde su sala de ensayos en Palomar. Es el sueño de una clase media porteña (¿argentina?) que aún reverdece con cada acercamiento del liberalismo al poder. El título refiere también a la gloria revolucionaria. En esto radica la mayor ironía ya que extirpa cualquier inflexión épica que quisiera imprimírsele a la historia argentina de la década del 70. La trama no permite creer en ningún arrojo revolucionario. Deja entrever una idea de futuro que jamás estará exento de conflictos, sin finales felices, ni grandes obras triunfantes. Por eso repica la pregunta freudiana: ¿qué harán los bolcheviques cuando hayan matado a todos sus burgueses? Un repaso por las respuestas posibles confirma que nada agradable. Se dice gloria por aludir de manera áspera a la vulgaridad y al fracaso de aquellos sueños sacrificiales que dejaron desconcertada a más de una generación. Lo que empieza como un ideal libertario termina convocando a los dioses más oscuros.

Al repasar esta novela no pude evitar tomar en cuenta unos datos biográficos de la autora que encontré en la solapa. Graciela Avram es psicoanalista, estudió Bellas Artes y escribe. Las múltiples Gracielas, ¿por qué sería ella y no otra pudiendo ser cualquiera? Deja, entonces, en su escritura marcas de distintos trayectos de la lectura de Freud, de Lacan y un gusto exquisito por el trazo. Con dos pinceladas delinea los personajes y los paisajes urbanos. Únicamente una letra modelada por las artes plásticas puede servirse con tanta naturalidad de los períodos estéticos para detallar caracteres. Los espacios descriptos, los muebles, las luminarias y las fachadas no conforman el clásico mundo exterior que alberga una interioridad psicológica, sencillamente montan la arquitectura subjetiva de los personajes. Otra referencia a la plástica se encuentra en la intromisión al taller de una escultora que evoca la obra de Carlos Regazzoni. Entre chatarra ferroviaria y glamour francés, unos cabecitas negras se enredan en el melodrama de unas damas irreflexivas -pero bien peinadas- capaces de aplastar a quien se interponga en el camino de su felicidad. Hay en la novela un paneo permanente de fiestas insustanciales con todos sus pormenores, ropas, vajilla, peinados. La profusión de imágenes visuales logra un clima de exceso y agrega, al placer del lector, la satisfacción de mirar demasiado. La escritura también es una fiesta, de otra manera rinde su homenaje a los placeres inútiles y constituye una ostentación de ocio. A diferencia de las fiestas que se brindan en el elegante petit hotel de Gloria, la escritura celebra la vacuidad de un goce que sólo sirve al anfitrión.G Avram

Según Ricardo Piglia todo buen relato cuenta dos historias. Esta novela respeta la premisa. La primera historia transcurre en un tiempo subjetivo, un tiempo de iniciación. Una estudiante de psicología, quien recibe confidencias de manera involuntaria, descubre la equívoca ocasión que tiene un psicoanalista de intervenir en los destinos ajenos. La protagonista, Any Bender, es destinataria de confesiones salvajes, le vienen a contar secretos, miserias, sin que pueda evitarlo. Es un rasgo que según ella se funda en la roca más dura y el más húmedo de los pantanos. ¿Una marca enunciativa del deseo extranjero? ¿Quién querría hacerse psicoanalista? ¿Quién estaría dispuesto a ser testigo de las penurias de otro? ¿Quién se formaría a fin de escuchar las historias más triviales de seres tan desconocidos como los planetas? Este camino de iniciación se da justamente en ausencia del maestro, es un tiempo en que Any Bender  ha perdido de vista a Zomer o, si se quiere, se ha perdido de Zomer.

La segunda historia toma un arco de tiempo que va desde la masacre de Trelew hasta el menemismo. Los acontecimientos históricos se suceden en otro escenario y sabemos de ellos por detalles. Las tramas de amor son el pretexto de otras ficciones. Una joven se encuentra en una encrucijada sentimental. Debe elegir candidato. Sus opciones muestran las esquirlas de Acheral, Monte Chingolo, la muerte de Perón, la primavera de Cámpora. Su decisión culmina con el festejo de una boda, una boda entre el cinismo y el resplandor de la fiesta menemista. Siempre son las voces femeninas las que traen a cuento la acción militante. Mientras toman grandes decisiones amorosas, mientras sueñan cambiar el rumbo de sus vidas, nos dejan entrever la urdimbre que sobredetermina sus pasos. Los desaparecidos políticos, los exiliados, los inolvidables, los que retornan como fantasmas irredentos, son figuras furtivas que permiten narrar, por ejemplo, el copamiento de la Fábrica militar de Villa María. Esa operación realizada por parte del Ejército Revolucionario del Pueblo en la provincia de Córdoba, durante la noche del 10 al 11 de agosto de 1974, es una muestra del inverosímil catálogo de aventuras que una joven pudiera haber vivido por aquellos años. Es además la muestra de una narrativa que trasviste las fuentes históricas en memorias románticas. La autora es una artista de climas. Así como describe las lluvias porteñas, describe los climas sociales, tanto que por momentos parece que el relato se empapara de la vida política.

La novela interroga ¿nada puede alterar el destino de las almas? Nada que hacer. Salvo extravíos.

.


.

.

.Logo PsineEnciendo la pantalla. Negro implacable de fondo. Letras blancas. Sin negro no hay cine, sin letra no hay psicoanálisis. Psine, una revista que interroga ¿Por qué cine y psicoanálisis?

Una revista nunca es una obra pura de diseño. Por eso me interesa comentarla rastreando los significados imprevistos que se producen al montar el conjunto, al ordenarlo, a veces por razones tan pensadas, a veces tan fortuitas. La mesa sobre la que se escribe esta revista es una mesa virtual, allí se recortan y ensamblan los textos y las imágenes. Algunas imágenes, no todas consumadas o ilustrativas, algunas, se perfilan entre las secciones como bordes inintencionados. Un montaje multimedia que por suerte no abusa de los efectos, y respira suficiente incertidumbre.

Jamás pregunto quién pilotea el avión cuando me subo. Sin embargo, no dejo de prestar atención al acento que se cuela por el parlante, la incallable materialidad de esa voz que indica la dirección y la procedencia del vuelo. Del mismo modo leo la editorial firmada por Jorge Assef en la que cuenta la ficción del origen. Deduzco de esta nota que el pasado nunca es del todo propio. O, al menos, se requieren de algunos gestos que permitan apropiarse de los trozos de una historia. Sin esa historia sólo nos resta un conservadurismo vuelto naturaleza, resumido en un “siempre fue así” o su contracara “ser los primeros”.

Rescato, entonces, ese punto opaco que la nota editorial señala bajo el nombre de la tradición para adentrarme en una de las secciones: Pinta tu aldea... Córdoba, una aldea que cada vez alumbra más cineastas, más actores, sonidistas, críticos. Una aldea ni grande ni pequeña, joven -según la piensa Alejandro Cozza-. Me dirán, ¿joven y tradicional? Es cierto, siempre bifronte como le gustaba decir a Pancho Aricó. Una aldea hecha de documentales y ficciones con tonada, reunidos sólo por aquello a lo que se enfrentan, contra lo que pulsean: un localismo pintoresco y una globalización uniformizante.

Los artículos de José Halac y Roger Koza son los corpúsculos iridiscentes de este número. Pensar el uso de la música en el cine y la fotogenia, nos aproxima a lo real que la pantalla puede captar. Ambos dejan de lado las líneas argumentales de los films y retoman los procedimientos con los que cuenta el director para capturar justamente aquello que escapa al simbolismo. Estas briznas permiten señalar la huella de lo no develado. Las muecas del yo y la música como metalenguaje responden a la estética de la representación, entonces el realismo se obnubila con la Verdad, lo Bello y lo Bueno. Las películas toman un tono moralizante cuando refuerzan con su realismo la realidad inventada, condición ineludible de toda realidad. Lo real en la experiencia cinematográfica es la posibilidad de captar algún corpúsculo iridiscente, de esos que los antiguos proyectores dejaban ver en el haz de luz que atravesaba la sala. Esas partículas en suspensión, bajo algunas condiciones, son apresadas, algunas veces, al modo de un golpe de vista o el redoble de un tambor.

Pseries es una sección que presenta una secuencia de fragmentos desconectados. Estos toman la forma de su objeto de estudio: las series de TV. Quizás ese sea un problema para los psicoanalistas, dejarse embriagar por lo que se llama el espíritu de la época. Evoco una frase célebre: un cierto anacronismo siempre le será pertinente al analista. La insuperable brevedad de los escritos deja un tono de sobentendido que puede recaer sobre los conceptos propios del psicoanálisis. Si la dosis es tan pequeña no alcanza a inocular. Mejor, ¿cuál es la dosis necesaria para contaminar con esta peste que llamamos psicoanálisis? Una razón demasiado exigua no contagia, puede incluso funcionar como vacuna. Ups! Hablando de series terminé aludiendo a la jeringa… Como dice la psicoanalista francesa Marie Hélèn Brousse, en la video entrevista, “la tipa se vuelve adicta”. Los divinos detalles requieren de un contexto de comparación. Las piedritas del río pueden ser hermosas, pero sólo sobre un fondo gris la mica resalta, el cuarzo encandila. ¿Es una crítica? Puede ser. Pero lo cierto es que la sección se lleva un buen centimetraje en este comentario. Para un público sensible, los escuetos aforismos también dan qué hablar.

La sección Destellos recopila tres comentarios de películas. Los estilos y procedimientos ponen en tensión diversas maneras de conectar el psicoanálisis con el cine. Estas maneras están inventariadas en las dos video-entrevistas que el comité editorial le hace a Marie Hélèn Brousse y a Diana Paulozky. Como para repasar las conexiones posibles: la línea argumental, la letra del director, la iluminación profana de un trozo de la teoría. En los tres artículos que firman Mariana Gómez, José Vidal y Claudia Lijtinsten se discute el problema de la identidad, del uno, y su sucedánea, la identificación. Será por eso que me animo a citar aquí la famosa paradoja de Teseo. ¿Será la misma nave? ¿Será la misma nave de Teseo esa a la que, al cabo de los tiempos, se le fue reemplazando una tabla por otra? ¿Será la misma Psine si comienzo a leerla por aquí o por allá? Dejemos a los filósofos argumentar, mientras reímos de gusto.

Encontraran, sin buscar demasiado, una pestaña dedicada a divulgar las múltiples actividades que reúnen al séptimo arte con la invención freudiana. Un catálogo de diversos ciclos, proyecciones y debates organizados por psicoanalistas en diferentes partes del planeta. Una especie de radar que detecta a trasnochados y cinéfilos capaces de compartir una lectura de Lacan. Esta sección deja planteados dos problemas: ¿por qué esta combinación tiene tanto empuje? y ¿existe un movimiento? Recomiendo quedar atentos al destino de este inventario, probablemente nos permita vislumbrar una serie de hipótesis que aporten a la existencia del psicoanálisis en la cultura contemporánea.

El único número de Psine se hace llamar primero, un adjetivo ordinal que denota el deseo del comité editorial. A ése, sumo el anhelo de sus lectores que esperamos el abarrancamiento luminoso del segundo.

.


.

Sobre el final del calendario 2015 aparece el libro Crack, el primer poemario de Gabriel Pantoja, acompañado de las ilustraciones de Luis Silva.,y Estela, la biografía de Estela de Carlotto, de Javier Folco.

El programa de lectura e investigación: el psicoanálisis en la cultura, invita a abrir el calendario 2016 con la lectura de un escrito de Pilar Ordoñez que recorre las posibilidades de esta nueva aparición.

.

,

Un animal que escribe

(texto leído en la presentación de Crack)

.

G. Pantoja (izq) – L. Silva (der)


Primero que nada agradecer a quienes han venido hoy a festejar la aparición de este primer libro de Gabriel Pantoja, a acompañar esta presentación. Este libro emerge en un lugar y un tiempo: Córdoba, tres días después de un histórico balotage que decidió las elecciones nacionales.

Aparece porque un editor, un ilustrador (Luis Silva) y un poeta hacen un gesto cultural decidido que desbarata cualquier intento de banalización y mercadeo del discurso.

Saludo, entonces la aparición de un libro que habla de cosas que habitualmente hacemos grandes esfuerzos para no escuchar. Habla de un ruido íntimo.

Cuando Gabriel me invitó a presentar el libro me anunció que se relacionaba con un tema que tenemos en común, un tema que nos reunió por tres años a investigar, a leer y a escribir. Me refiero a un seminario que dictamos juntos en la UNC, Facultad de Psicología, que hoy se llama Actualidad del trauma. El trauma es un concepto que en psicoanálisis tiene una importancia capital y presenta múltiples dificultades a la hora de su conceptualización.

Los que practicamos el psicoanálisis tenemos algunas muletillas, hay un aforismo lacaniano que decimos siempre, nos encanta repetir que los arti
stas se adelantan a los psicoanalistas a la hora de captar un real, al momento de capturar un trozo de vida. Partimos, por lo general de que el artista es uno y otro el psicoanalista. En este caso me veo en problemas, tengo que decir que Gabriel Pantoja poeta se adelanta a Gabriel Pantoja profesor, le gana de mano, lo gambetea y le saca ventaja. Con una jugada de barrilete cósmico, se acerca imprudentemente al área, zafa las defensas que lo agarran de la camiseta, y mete un gol de caño, impecable, increíble, pasa entre las piernas rojas del arquero y Crack! 40 veces Crack!

Gabriel deja de hablar y de explicar el trauma en general para hacer resonar Un trauma. Una piedra en un vidrio. Para leerlo convendría estar advertido por el grito del Gordo Muñoz transformado en “Peligro de Crack! Peligro de Crack!” Porque les aseguro que van a leer cómo estalla, contra el cristal de la lengua, una piedra sin padre, un pájaro sin razón y sin locura. Eso traumático que alcanzó a captar en su poema, no se logra sólo con palabras, hizo falta una ciudad, sus barrios, una plaza, un campanario, el recorrido del 33,  en fin, un mapa que permita armar un cuerpo. Ya ven ustedes que el cuerpo mismo del libro se arma a partir de un Crack!

Este conjunto de poemas no forman una secuencia, ni una metonimia, son 40 fragmentos que congelan el instante sempiterno del trauma. Un instante irredento que percute en cada palabra con la misma intensidad. Intenten contar la caída de un rayo sin perder el resplandor, sin volverlo una historia gris que apague su virulencia, no parece posible y sin embargo… Gabriel lo hace.

Crack! consigue replegar la potencia significante hasta estampar el estallido de una palabra suelta, voladora. Una palabra que produce un agujero. Frente a este agujero, el yo lírico, que comanda la destrucción del relato se pone a escribir una única y exquisita letra.

Por momentos pensé que estaba frente al desmontaje de una novela de iniciación. Por momentos, creí que esa novela había sido tramada, escrita y corregida sobre alguna mesa. Supuse que si la novela se desmontara, si se le fueran desagregando las partes, quedaría desnudo el hueco del que nace cualquier relato. Intuía que estaba frente a ese desmontaje, a ese trabajo de reducción.

Después recordé que Gabriel había leído a Lacan y entonces me imaginé  que quizás estaba mostrando lo que se conoce como “una escena traumática”. En la escena traumática el sujeto puede ubicarse en cada elemento: en el arco, en la defensa, en el goleador, en la pelota que pasa la raya, en el espectador, en la voz del Gordo Muñoz que grita, todo junto, en el mismo “instante elástico de una suspensión”.

Pero lo más inquietante que tiene este libro es que mientras muestra la estampida de un trauma, no se escucha ni un lamento, ni un quejido. Para Gabriel, el trauma, ese instante imborrable, esa escena inolvidable, es equivalente a una ocasión. A una posibilidad inédita

Lo dice así:

“oí el ruido de entrechocados cristales. luego me agaché hasta mi sombra y encontré rotos los significados: vi ahí mi posibilidad.”

Hace 10 años lo conocí a Gabriel en una reunión de Cátedra. Yo servía café y él sacaba una libreta del bolsillo. Han cambiado algunas cosas, pero ese gesto, de escribiente aplicado a sus menesteres, no se le borra.

Si se animan a romper la tapa se van a encontrar con un accidente, con algo inesperado que ocurre en un recorrido, y la certeza de que un cierto plan se cumple en ese desvío. En este conjunto de poemas se realiza un nacimiento. No se los puedo contar todo, pero les digo que hay una piedra, un vidrio que estalla y por el agujero que deja, van a leer el nacimiento de un animal, un verdadero animal que escribe.


Estela

El sábado pasado me fui a la librería Portaculturas, como tantos otros sábados que pasaron y que vendrán. Pasé con la esperanza de encontrar en la mesa algún título que me pareciera imprescindible. Pregunté por un libro que en la tapa tenía la foto de una vieja y un pibe: Estela. Tuve la suerte de recibir el libro de manos de su autor. Supuse que se trataba de la biografía de una de esas mujeres que hacen la historia de nuestro país y me sumergí en el texto en cuanto regresé a mi casa. Pero a medida que avanzaba la lectura empecé a preguntarme, ¿habla de una mujer?, ¿se puede tomar literalmente el subtítulo que reza “La biografía de Estela de Carlotto”?  De ninguna manera,  en Estela, el autor, cuenta el devenir de un colectivo de octogenarias. Habla de unas mujeres que cambiaron la apología doméstica por una posición política frente a lo común. Un grupo que pasó de soñar con ser amas de casa acomodadas, a convertirse en sujetos políticos capaces de transformar una historia, capaces de inventar una topología y un tiempo. Entonces, más que una biografía, Estela, es la crónica de una hazaña que protagonizaron unas mujeres, no verdaderas, sino irremediables.

Tal como dice Benjamin en El narrador, hace falta una cierta relación al tiempo y al espacio para que se pueda alcanzar la enunciación que hilvana el relato. Ya sea que el narrador regrese de una aventura en tierras lejanas, ya sea que el tiempo disruptivo del acontecimiento se retome en una nueva secuencia cadenciosa. Javier Folco capta estas dos dimensiones con un par de tesis fundamentales y un estilo sedoso de escritura.

La primera tesis incluye ese topos que es la plaza pública. Las Abuelas de plaza de Mayo ocupan ese espacio en un momento que el Estado prohibía reunirse y manifestarse. Ellas afirman que los militares no las vieron peligrosas ni las tomaron en serio, fundamentalmente, porque eran mujeres. Confirmando con eso una hipótesis de Lacan: el canalla siempre gesta la tontería. La canallada y la tontería funcionan como caras de una misma medalla. La tontería suprema es considerar que lo femenino se atrapa con un anillo. Cada vez que las rodeaban con caballos, perros e insultos, mientras ellas marchaban agarradas del brazo, de a dos, para sostenerse a pesar del miedo. Cada vez que ellos apretaban ese círculo, ellas, cada vez más envueltas en su propia contigüidad, retorcían ese recorrido hasta convertirlo en una banda de Moebius que las conectaba con el mundo. Rediseñaron, con este bucle inteligente y desconcertante, el predominio masculino del poder. Si creyeron que todo quedaría resuelto en un pequeño círculo, si no alcanzaron a calcular que la democracia se mantenía viva en esa torsión, es porque nunca previeron que la plaza, tal como ellas la restituyeron, la plaza, esa plaza, es el mundo, sostiene Folco.

Uno ingresa al relato sin saber que está recorriendo esa misma órbita que se devela casi al final. “La tierra debió girar 36 veces alrededor del Sol para que una abuela y su nieto pudieran abrazarse por primera vez. Y la historia volvió a empezar”. Una órbita marcada por los mojones que Folco deja al comienzo de cada capítulo, justo en los epígrafes. Los epígrafes son esas rocas vivas que Folco golpea para alcanzar el real que las palabras estériles escamotean.  Los epígrafes son el corazón del relato, laten, percuten, justo antes de que las palabras empiecen a cantar su ficción.

En cambio las notas al pié sostienen la segunda hipótesis que encuentro en esta crónica. Esta vez referida a un tiempo que desconoce el hilo liso que pretende desplegar la Historia (así con mayúscula). Los pie de páginas son micro historia, corpúsculos precisos que documentan y develan las fuentes más rigurosas. Las referencias dispuestas en pequeñas dosis, resaltan la temporalidad más conveniente para las marcas que no prescriben por su antigüedad.

La Historia, ese ángel que mira pasmado las ruinas del pasado, pliega sus alas y reposa. En su lugar, la memoria produce, inquebrantable, el retorno. Llamemos retorno a esa figura que Folco dibuja en un pliegue del tiempo. “Las tumbas no se dejan sin nombre y los muertos no se dejan sin tumba, porque los ancestros del futuro siempre repetirán sus nombres, saldrán a buscarlos y, a partir de entonces, el pasado estará siempre por delante”. La memoria es una dirección que viene del futuro. Así también ocurre en la experiencia del psicoanálisis, el futuro determina el recuerdo. Sólo si deseo llegar a alguna parte, es que podré decir de qué posición he partido.

Los testimonios que recoge esta crónica son los necesarios, los imprescindibles. Hilda Victoria es una nieta recuperada, una de los 119 que escucharon el saludo que resignificó toda su vida: “Bienvenida, te estábamos esperando”.   Cuenta así: “Pero esa vez, después de mi presentación se hizo un silencio. Miré hacia donde estaban mis dos tías y vi que una de ellas lloraba. (…) Mi otra tía me preguntó si yo tenía un lunar en la rodilla izquierda, que fue con eso que me buscaron siempre”. Folco sabe, igual que la nodriza, que un lunar es siempre un mismo lunar, de retorno. Argos agita signos inconfundibles y Ulises reconoce desde dónde ha partido.

 Estela es uno de esos libros que guarda la esperanza.

.

Info del autor y libro: http://www.editorialmarea.com.ar/estela.html

.

.