Home Publicaciones Insinuaciones cordobesas – Marcelo Izaguirre

A propósito de la presentación de Exordio,

en el XXVII° Coloquio Descartes

Destellos mediterráneos

 

IM.Izaguirre.

Años atrás, al solicitarle un artículo para publicarlo en una investigación sobre Oscar Masotta, J.J. Sebreli me dijo que al menos esperaba recibir un ejemplar como reciprocidad. Al entregárselo y ver que tenía algunas páginas, hizo una muesca de contrariedad, expresando que no entendía cómo la gente se pasaba hablando o escribiendo sobre Masotta, al igual que Contorno, agregaba, que hicieron unos pocos números y se la pasan hablando de eso. Si alguien hubiera tenido el desatino de invitarlo a este coloquio, desde que ha olvidado la razón, sin entender la serie y la política en la cual se inscribe la revista Exordio, seguramente le hubiera causado un disgusto mayor que el del café de aquellos años.

Es un gusto para mí presentar esta revista cordobesa que habla del psicoanálisis en la cultura. Afirmación que la sitúa en una serie de otras revistas como Escrita de Córdoba o de manera particular con la revista Descartes. Revista que como se indica en uno de sus editoriales, está abierta a la posibilidad de decir cosas que tienen un sentido, sin preocuparse por su existencia.

II

Desde su título mismo, Exordio, uno está tentado de destacarla como la más macedoniana de todas ellas, con sus aires vanguardistas a pesar de los tiempos que corren. Y no faltan en ella reiteradas alusiones al trabajo de Masotta. Como señala Fernández en los papeles de recienvenido, el exordio tiene en boca del susodicho, la intención de que el accidentado esté capacitado para entender que el modo de no llegar tarde a un accidente será llegar antes del suceso. “Esforzaos, por lo menos, aclara Recienvenido, en ser un público de las caídas que llegue antes que el suelo”. Y en el número 3 de Exordio, de octubre de 2011, nos encontramos que quienes allí escriben tienen la condición de anticiparse a los accidentes cuando damos con el artículo de Gabriel Pantoja que al citar a Georges Perec, afirma que los trenes sólo empiezan a existir cuando descarrilan. Parece así, que la vida sólo puede revelarse a través de lo espectacular. Las consecuencias de tales afirmaciones, dirá Pantoja, es que hay que interrogar lo habitual. Y, como si el editor hubiera leído ese interrogante, ubica a continuación el artículo de Gabriel Conforte, “Lo ‘sin’ nombre”. A partir del análisis de un hecho espectacular como fue Auschwitz, en relación con la literatura y la famosa afirmación de Adorno que no es posible escribir poesía luego de ese acontecimiento; se interroga sobre la imagen de las desprotecciones cotidianas, y de millones de muertes indiferenciadas, para concluir que todas ellas son imágenes que escriben. Pero sin nombre. En lugar de Adorno, Conforte parece adscribir a la posición de la última poesía de Oscar Del Barco.

Hay que destacar del recorrido de los cinco números que ha alcanzado esta publicación, que cada uno de los artículos que allí encontramos respetan el estilo del exordio, son claros, sencillos y breves; lo que los excluye de la serie de las innumerables publicaciones que se dedican a contar lo que ya se sabe, bajo la forma del resumen de lo que ha dicho Freud, Lacan o Miller. O, como se destaca en el editorial de ese tercer número, es una revista que está en contra de la “calamidad recitadora”. Por cierto, en los tiempos que corren y con el estilo universitario y Conycetil (si se me permite el neologismo) que ha impregnado la cultura, no deja de ser un gesto de originalidad.

En el número 1 de esta revista, que no está dedicada al tema de la actualidad de las vanguardias como el 2, encontramos un excelente dossier que se pregunta ¿qué es la cultura? Respuesta que podríamos encontrar sobre el final cuando Pilar Ordoñez citando a Germán García hace saber que la emergencia de un logos para darse un sentido, “es la condición de esa intriga lúcida y patética que se llama cultura”. El artículo que comienza el dossier es de Diego Tatián donde hace saber que la reforma universitaria promovida por Deodoro Roca tenía ciertos aires vanguardistas y casi anarquistas. Situación que presenta marcados contrastes con los tiempos que corren. Ya sea que se mire la condición del establishment, como la de los profesores atacados por las autoridades (uno de esos profesores que fueron obligados a jubilarse llegó a manifestar que si en su momento abogaban por la revolución, ahora aparecían defendiendo los derechos de la tercera edad). “En el caso de Deodoro –afirma Tatián– el carácter libertario de su idea socialista se orienta hacia una comunidad de singularidades creadoras e irreductibles, hacia una afirmación del individuo, una desconfianza del Estado y una denuncia de la burocracia que inevitablemente arrastra (hemos podido leer en un reportaje a Zafaroni que la policía es una institución necesaria del Estado): ‘el socialismo mismo se equivoca –escribía Roca– cuando estimula la garra del Estado y fía en su fuerza el apoyo de la justicia futura”. Habría que señalar, en cuanto a la fuerza del Estado para imponer la justicia, que quienes nos dedicamos al psicoanálisis no podemos dejar de lado la respuesta que dio Freud a Einstein cuando lo interrogaba sobre el porqué de la guerra. En ella hacía saber que, en la guerra, el Estado se permitía todos los atropellos que cotidianamente les prohíbe a los ciudadanos.

Creo que una característica interesante de todas las revistas motivo de este Coloquio es su distancia con el Estado. Ya que al vincularse al mismo, hasta la poesía más ponderable puede quedar en el límite criticable, como afirma Fabián Casas en un reportaje, al mencionar unos poemas de Gelman que Fogwill le hacía leer, pero al quedar ligados a una política de Estado causarían la gracia, justamente, de la gente del grupo Literal. Porque en definitiva siempre está presente la cuestión de los usos que se hace de esa cercanía, como señaló en su momento Jorge Warley al aludir, en un artículo sobre las revistas culturales de dos décadas, a los intelectuales de la revista Punto de Vista que “provenientes de una zona periférica accedieron a cátedras y puestos oficiales, y a los medios en general, al menos en un primer momento”.

Entonces, el tema es cómo manejarse con esos ámbitos. En este caso, quizás acorde con los requerimientos actuales y para no quedar “desactualizados” respecto a la burocracia, Exordio ha conseguido el reconocimiento para transformarse en una publicación con referato (ha sido indexada, se dice). Pero eso no le impide publicar artículos que no corresponden al criterio uniforme de los burócratas. No se entendería sino, la publicación en el último número del desopilante artículo de Carlos Gazzera, sobre su periplo chino con sus alusiones a Hemingway. O el reportaje en el número dos a la Dra. Romanutti, que ante las clasificaciones diagnósticas propone la clasificación borgeana del Dr. Roberto Jacoby. Ya desde la publicación de su libro sobre la lectura, César Mazza mostraba ese estilo de usar los emblemas universitarios para introducir tensión. Recuerdo que se informaba en una fe de erratas, que el libro respondía a un programa de la secretaría de Ciencia y Técnica de la Universidad, pero en el libro sin erratas, el autor decía que respondía al programa de García (siguiendo la serie Masotta – García – Miller). Detrás de la máscara, otra máscara se afirma en nota inicial de Escrita.

Es claro que el responsable y el grupo editor de esta revista realizan una operación masottiana invertida. Ante la afirmación de Masotta de que se había visto obligado a hacer un discurso universitario fuera de la universidad, ellos aplican la torsión de introducir el “Programa del psicoanálisis en la cultura” dentro de los rediles universitarios y Conycetiles. No obstante, no habría que olvidar que también se dedicó a introducir temas perturbadores dentro de las formalidades, si le creemos a Carlos Correas, en esa operación anacrónica que llevó adelante Masotta, que fue entregarle a su padre la carta al padre de Kafka, el que a diferencia del padre del escritor leyó dos líneas y la abandonó.

La distancia con el Estado no quiere decir que no haya que preocuparse por cómo se las arregla alguien con la vieja cuestión de la economía. En el número 2 de exordio, dedicado, como decía, al interrogante por la actualidad de las vanguardias hay un artículo en el cual Beatriz Gez, a partir del programa lecturas de Masotta interroga sobre las relaciones entre el arte y la política, o la literatura y la política. Ubica al psicoanálisis entre las vanguardias no sé si siguiendo el programa de García, pero sí la idea de Masotta, acorde con los surrealistas que ser de vanguardia era ser revolucionario. Muestra el modo en que éste no se constituyó como un intelectual orgánico, y afirma que a partir del trabajo de Ana Longoni “se puede pensar el término revolución en relación con el tema del compromiso sartreano y un cierto marxismo aggiornado que se hiciera cargo del arte pop” (aunque H. Murena, desde Sur, criticaba a los comprometidos y parricidias sartreanos del grupo Contorno).

Una respuesta a los interrogantes sobre esas relaciones se puede encontrar en el mismo número (quizá el más masottiano de todos los exordios), en el artículo de Lucas Berone, quien destaca que el arte se constituye “contra el imperativo moral kantiano” en tanto se niega a instalarse en el lugar de la ley. Lo que da lugar a una discontinuidad, o sea: el arte no puede ser de modo directo, acción política eficaz. En el escrito que acompaña esta convocatoria se recuerda que en Literal se escribía que “el continuo real es organizado por la discontinuidad del código”. Otra respuesta encontramos en una entrevista a Roberto Jacoby que es inmediatamente anterior al artículo de Gez. En la presentación que se hace del artista plástico en el libro El deseo nace del derrumbe, trabajo organizado justamente por Ana Longoni, se afirma: “La mayor parte de sus trabajos, entre la fiesta y la investigación social, giran alrededor de la desmaterialización del arte y la invención de nuevas formas de vida”. Sobre el final del reportaje del número de Exordio se lo interroga sobre la manifestación de que “no le gusta hablar de obra, sino de mi vida como una trayectoria” al referirse a su idea de la desmaterialización del arte. La respuesta urgente de Jacoby tiene ciertos aires marxistas, de la línea de Groucho, al afirmar que ya ha cambiado, que tuvo que empezar a materializar porque sino no tenía para seguir viviendo.

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Una revista abierta a decir cosas que tienen sentido, pero sin preocuparse por su existencia. Puedo decir que se puede verificar esta afirmación fregeana que a Russell le molestaba bastante: en el número 3, en una nota a pie de página, se dice que al final de ese número se publica un artículo de Germán García. Si ustedes siguen el sentido de esa expresión, al final del número no darán con el artículo aludido. El título del artículo explica todo: se llama “Malentendido” y aparece en el número cinco de reciente aparición. El malentendido es el título que eligió en su momento Germán para comentar la visita de Lacan a Caracas. Entonces situaba al malentendido entre lo cómico y lo trágico. Entre lo que se comprende y el amor.

En este número, recién salido, también encontramos un artículo de Patricio Debiase, titulado “Viaje con Lacan: agudezas, ecos del significante”. El autor afirma que Lacan utiliza la homofonía del significante para criticar la ciencia que proviene del pensamiento de Aristóteles, que cae en el error de dar por sentado que lo pensado está hecho a imagen del pensamiento. Como si fuera posible conocer un objeto del mundo, entendiendo al mismo como un reflejo transparente de lo pensado. Podemos encontrar en esa crítica desarrollos similares a los que se muestran en el comienzo del comentado libro de Jacoby, donde se trata de una experiencia que pone en cuestión la correspondencia entre la representación y lo representado, al modo del famoso “esto no es una pipa” de Magritte. Importa destacar que una línea similar se encontraba en aquel artículo sobre el malentendido de Germán que comienza citando la despedida de Lacan al partir hacia Caracas: “Cambié de tema pensando en ustedes. Sabemos que eso no significa que los pienso a ustedes, sino que pienso en ustedes”.

Asimismo, en dicho número damos con el artículo de Juan Pablo Luchelli, en el que compara a Macedonio con Joyce y trata el tema de la destrucción del signo (de allí la diferencia entre la visión y la mirada).

El número cuatro tiene varios artículos en los que se rastrean las primeras publicaciones de psicoanálisis en Córdoba. No es la primera preocupación por el tema histórico ya que en otro número publican un reportaje a Osvaldo Francheri. He dicho al comienzo que no faltaban las referencias al trabajo de Masotta. En este número hay un reportaje a Gustavo Dessal en el que señala que el trabajo de Masotta consistió en transferir el lenguaje de Lacan a la lengua argentina. Y destacaba que es un trabajo que, según él entiende, hasta el momento sólo ha continuado Germán García. De igual modo, resulta importante la advertencia que deja para los psicoanalistas argentinos, para quienes dado el supuesto triunfo del psicoanálisis por estos lares, se crean a salvo de las dificultades del psicoanálisis en los diferentes lugares del mundo.

He hablado del compromiso sartreano. Si al comienzo hablaba del gusto que era para mí presentar esta revista, para terminar hay que decir que el gusto es doble, considerando que el director es César Mazza y que años atrás me tocó presentar su libro La lectura y sus dobles. Al finalizar, como reconocimiento al lugar dado a Macedonio Fernández en su libro, como sucede en los distintos editoriales de Exordio, concluía con el final de los Papeles de recienvenido, en los que Macedonio afirma: mis lectores caben en un colectivo y bajan en la esquina. Y agregaba que quería decirle a César, que sus lectores estamos en el colectivo pero que no nos estamos bajando en la esquina. Mi presencia en esta mesa, entiendo, es una muestra de la “seriedad y compromiso” de la gente del Descartes.Oviedo