Home Futuro Anterior Contra investigadores – Diego Tatián

Contra investigadores.

Diego Tatián

Si robar la idea de otro es lo que llamamos plagio, robar ideas de muchos otros es una investigación. La palabra no ha perdido su grandilocuencia ni su vieja solemnidad, no obstante la banalización a que ha sido sometida -al menos en el campo de las humanidades, único al que me refiero aquí- desde hace algunos años en la Universidad Argentina. Quienes antes eran conocidos como profesores o docentes, han sido convertidos en investigadores de facto para cobrar un sobresueldo que mitiga la miseria de las remuneraciones regulares. Ejércitos de “investigadores” producen anualmente toneladas de informes académicos que nadie leerá, siguiendo un formato que prevé cosas tales como “marco teórico”, “hipótesis”, “metodología” y otras tristezas. Finalmente normalizadas de antiguas convulsiones ocasionadas por la vida de las ideas, una completa y al parecer definitiva obediencia se ha impuesto en las “casas de altos estudios”, donde cada quien hace sus deberes con la mayor aplicación, es decir “investiga”.

Si se cumple entonces con los formularios que condicionan las prebendas previstas para los buenos escribientes, se obtiene un sueldo adicional llamado -atención- “incentivo” (¡que palabra!, dice el diccionario: “Estímulo que se ofrece a una persona grupo o sector de la economía para elevar la producción”). Hay quienes han logrado establecer una especie de relación irónica con esta condición que eleva la banalidad a sistema y destinan esos “incentivos” al juego, las mujeres o el vino, que suelen acompañar tan bien la seriedad de un trabajo. Mucho más infrecuente es encontrar a alguien que ha decidido sustraerse a la servidumbre voluntaria de la así llamada investigación y simplemente, con toda su constancia y su concentración, trata de pensar algo por fuera de los formatos prescriptos, rehusando el disciplinamiento inscripto en ellos, desistiendo del turismo académico -incentivo que completa el anterior- , de los premios y otros subsidios al mérito.

En efecto, incorporando sin mediación alguna la lógica y el léxico de la industria -que ha hecho presa de la cultura toda (convertida desde hace poco en “agencia”)-, la vida universitaria se desarrolla según un meritocratismo que tiende, y logra, perfeccionarse sin interferencias. Acaso no sea tan significativo recordar -siempre es prudente no creerle del todo a las etimologías- que mérito pertenece al mismo campo semántico que mercado, mercancía, mercenario, mere-triz…; más importante es advertir el sentido último de esta nueva condición académica que ha abandonado ya sus viejas aspiraciones de transformar el mundo, liberar las mentes y romper con la vida tal y como es impuesta por los poderosos.

Ese sentido último es, en mi opinión, el control. Un control proporcional a las posibilidades técnicas de ejercerlo, es decir inmenso, e innecesario tal vez habida cuenta de que la obediencia es tanta y la resistencia tan poca.

En informes periódicos el personal universitario rinde cuenta de lo que ha dicho, escrito, leído, “investigado” -sobre qué, para qué-, a dónde ha viajado, qué libros ha comprado, cuántas personas ha formado, cuántos congresos lo han admitido, qué ha publicado y dónde y con permiso de quién. En base a esa confesión se asigna una categoría -palabra griega de deriva algo accidentada, como podrá advertirse- que primero consistió en un número, ahora en una letra. Barbarie categorizadora, calificadora, clasificadora, discrimi-nadora, que ha multiplicado las instancias en que los docen-tes han de evaluarse todos contra todos, y donde no se trata sólo de hacer bien las cosas sino también de ser más competente que los otros y aventajar a los demás.

Esa burocracia del trabajo intelectual al que se da el nombre de investigación -sobre cuya “microfísica” no vendría nada mal un análisis foucaultiano- se consolida sobre el fondo, que hoy pareciera remoto, de la gran tradición universitaria argentina -cuyos nombres propios son demasia-dos para ser invocados aquí. Una tradición que seguramente no ha tenido nada que ver con la indiferente y desapasionada mercantilización del saber como criterio único de lo que se puede pensar y decir, ni con la brutalidad eficientista que nada deja sin devorar.

La mejor tradición intelectual argentina nunca ha escrito papers sino siempre “papeles de recienvenido”.

 Listado bibliográfico:

– Diego Tatián, El Ladoscuro, Ferreira editor, Ediciones del Cíclope, Córdoba, 2004.

Abstract: a través de este escrito, el autor nos hace llegar un análisis crítico de la producción académica actual en la tradición universitaria argentina (papers), proponiendo como contrapunto a las producciones de ciertos intelectuales argentinos bajo el lema macedoniano de “papeles de reciénvenido”.

Palabras claves: Investigación- Universidad Argentina- papers- papeles de recién venido

Noticias del autor: Diego Tatián (Córdoba, Argentina). Doctor en filosofía y Doctor en Ciencias de la Cultura, Escritor y Ensayista. Miembro del consejo de redacción de la revista Nombres. Dirige la colección “El Libertino erudito”, para la editorial El Cuenco del Plata de Buenos Aires. Actualmente Decano de la Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad Nacional de Córdoba.