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Biblioteca Córdoba

 (fragmento)

Carlos Surghi [1]

 

Antonio Oviedo me cuenta un sueño. En un bote cruza el Canal de la Mancha. No me da ningún otro detalle, apenas si me transmite la angustia de esa supuesta acción inútil. Señala que en un momento se dice a sí mismo ¿para qué hago esto si existe el Eurotúnel? Yo me imagino el resto. La densa bruma, el agua negra, las altas olas y la sensación de no avanzar nunca. Más tarde me comenta algo sobre las experiencias de un hombre que estuvo en un submarino durante la guerra de Malvinas. Nuevamente la densa bruma, el agua negra, las altas olas y en este caso la sensación de que el silencio es un imposible delator. Entre los dos una y otra vez las mismas asociaciones se repiten hasta el infinito. Yo le cuento sobre unos pescadores extraviados en la laguna Mar Chiquita que terminó siendo una broma. ¿Cómo buscar a alguien en ese mar interior y misterioso? Finalmente hablamos sobre el humor de las mujeres y concluimos que no existe porque es su humor y no el de los otros; es decir, el nuestro, el cual está siempre entre medio de lo que puede y no puede la literatura.

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Después de mucho tiempo he vuelto a soñar. Soñé con Antonio Oviedo. En su biblioteca, junto a otras personas de rostros vistos por primera vez pero que intuía conocer desde siempre, él nos mostraba los originales de su supuesto primer libro, el cual guardaba en una carpeta de hojas que tenían un tamaño descomunal, pues ocupaban todo el centro de la habitación. Alrededor de ellas y con dificultad, abría las tapas forradas en cuero negro y, una a una, delante de nosotros, las pasaba como si develara un secreto. Al principio se trataba de un manuscrito indescifrable que casi no dejaba lugar al blanco de la página. Todo era el ritmo frenético de palabras que se continuaban unas a otras, como si se tratara de trazos compulsivos que no sabemos cuándo han comenzado y dónde concluirán. Luego se alteraba una serie de grabados de estilo renacentista con animales y viejos escudos nobiliarios. No

recuerdo si al final nos encontrábamos con ejercicios caligráficos que distaban mucho de las primeras

páginas indescifrables; pero cerca de que el sueño concluya, la gran carpeta desaparecía. Ahora veíamos viejos recortes guardados en una caja que parecían ser reseñas críticas a la salida del libro. Sin embargo lo que más me sorprendió fue una fotografía en donde hombres y mujeres aparecían vestidos con trajes de los años 50 con una actitud en sus rostros y en sus cuerpos de total sorpresa y al mismo tiempo de total naturalidad, como en esos cuadros de Velásquez, donde los personajes hacen sentir al pintor y al espectador que es un gran entrometido. Al contárselo no señaló nada, sino más bien todo lo contrario, le sorprendió mi capacidad para continuar adentro de él y no despertar hasta el final.

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Según Antonio Oviedo nadie más que él está tan inmerso en la realidad. Habla de lo que a mí me falta, el baño de realidad, que según él apenas alcancé a ver durante una semana vendiendo libros a domicilio. Es casi seguro que con esto se refiera a un estado de atención que tiene dos objetivos: las imágenes capaces de describirse por sensaciones y apariencias reveladoras; y las sonoridades ocultas en una frase que develan la posibilidad de un juego que conduce hacia una forma de saber secreto. Por ejemplo una vez un enano que caminaba por la calle, al cual llamaban Kuky, le significó una parálisis de unos instantes. ¿Era realmente él en otro cuerpo? Otra vez un nombre que escuchó a través de los altoparlantes de un supermercado le significó el mismo padecimiento: la irrupción de una sorpresa. Y eso es entonces la realidad, el material literario fortuito, no necesariamente referencial, sino más bien oculto debajo de un pequeño malestar, un temblor, algo que, impostergablemente, se hace presente.

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Oviedo, el Canal de la Mancha, Inglaterra, el mar oscuro, todo se disuelve como el sueño de la Armada Invencible.

No existen los amigos de la literatura, es decir, por lo menos dos o tres personas que a través de ella llegan a nuestra vida. En todo caso habría que pensar esa presencia como una voz continua que habla de uno y que al interrumpirla nos obliga a devolver un favor nombrándola como igual o como cercana a uno, fiel a la propia voz. Tal vez se parezca a la Filosofía que asistió al consuelo de Boecio

-fantasmas para una mente poco preparada ante la muerte. Tal vez repita una vez más el largo monólogo encargado sin aviso al sueño de Johnson y a la atención de Boswell. O tal vez, esa amistad no sea otra cosa más que una anticipación momentánea del limbo, pues quien escribe muere y sobrevive en un instante espectral donde sus preguntas sin respuesta flotan en el aire. ¿Comparte entonces su oscuridad con alguien? ¿Es escuchado? ¿Sueña consigo mismo el amigo? La amistad, enigmática y distante, es ese bote sobre el Canal de la Mancha.

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En sí los dos no hablamos sobre nada. En todo caso escribimos como Robinson Crusoe en su isla de la felicidad; escribimos para nadie porque nadie es la felicidad. Pero sí nos sorprendemos por la mutua impostación de las figuras que representamos. Las figuras tienen que ver con un equilibrio atento a los lugares en donde la realidad se transforma en una conquista que nos disputamos. El equilibrio, por supuesto, carece de todo movimiento. Un traspié es la duración por demás del silencio, pero también, una y otra palabra seguida y sin pausa hasta llegar a la orilla de un lago que mira hacia el vacío, donde espera el bote que cruza el Canal.

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El rostro que deseo frente a mí muchas veces no tiene nada que ver con el habla que va y viene por los caminos de la ilustración que puedo seguir en una biblioteca de provincia. Hoy, ahora, hace unos instantes ni bien dejé de recordar el más delgado hielo a mi alrededor en ese ataúd de cristal que he tallado con mi indiferencia respecto a todo, ese rostro que deseo era el de una chica que me atiende todas las tardes cuando me impongo escribir una página diaria de cualquier cosa. Me pregunto: ¿qué secreto guarda para ganar toda mi atención? Solo me respondo: ¿un pasado sentimental que se pierde en valles y chacras familiares, a orillas de ríos azules y caudalosos que cargan un cielo profundo y crujiente con amenazantes tormentas de granizo sobre manzanos y duraznos en flor? En fin, su rostro se parece al de Jean Austen. Pero al hablar, la historia universal de la literatura se desploma ante un acento de campo que la delata en su inmediato uso de la más profunda felicidad. La felicidad en ella es entonces como el estado de abandono de la ignorancia. Ahora deja junto a mí un negro pocillo de café. Por un instante pierdo de vista la literatura. No escribo sobre lo que me propongo, sino que me extiendo en lo que no soy, en un goce imaginario. Pienso que es este el movimiento que nos desborda. Como el deseo de ser nadie –el deseo de ser otro– administro una chacra del alto valle del Río Negro y engendro en ella muchos hijos; salgo al fin de la tarde y me baña un cielo azul capaz de destruirme; soy finalmente un hombre salvado y arruinado, pendiente de echarse a perder en cualquier momento por el alcohol, el hastío o un revólver cerca de su mano. Pero todo ocurre de un modo secreto, sin tener que escribirlo. Ese es el Canal de la Mancha que yo cruzo.

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Ingreso a la antigua casa de gobierno provincial transformada en biblioteca, en barco anclado en la pampa, en limbo administrativo. Veo un ciego, una japonesa que no sé muy bien qué lee, un ordenanza con música en sus oídos y un adolescente afeminado que se esconde del mundo en la boca más oscura del mundo: los lugares públicos. Nadie hace nada porque –como siempre lo supe– para hacer algo hace falta el deseo. Y el deseo no siempre está; aunque como dijo un crítico de la literatura que ya no escribe: el deseo no se cansa nunca y sólo descansa con la muerte. Me acuerdo que me dije: jamás entres otra vez a este lugar. Me aterra lo posible, lo que está ahí como cierto, lo que se esquiva en el orden de la negación. Yo puedo ser el ciego, la japonesa, el adolescente afeminado. Busco a Antonio Oviedo y cruzamos hacia la reiterada posibilidad de tener un pasado común viéndonos todos los jueves en el mismo lugar. Vuelve loco a los mozos, los irrita, les toma el pelo, los rebaja a ser serviles y los observa. No se decide, cambia de opinión, se siente interrumpido y deja salir un gesto de hastío que se confunde con un resoplido que estalla en su boca. Todo en definitiva es una gran señal de la inhabilitación para la vida. Pero de repente, en una sola frase, se apodera de la vida que a veces está detrás de una cortina de hule o en un banco de niebla. Entonces no sé si esa frase está dirigida a mí o a alguien más, fantasma o persona, que hace equilibrio sobre el bote que cruza el gran canal de nuestra charla. Por momentos se ha suspendido todo, la literatura se ha hecho presente. Si ella hubiese faltado a la cita abandonaríamos nuestros encuentros muy decepcionados de nosotros mismos.

Sueño con Antonio Oviedo. No recuerdo nada de lo que pasa en el sueño, pero sí lo que en un momento me dice: Tu problema es que sos un hablador compulsivo. Qué extraño porque en verdad el hecho de querer recordar aquello que acompaña al sueño y escribirlo es un claro síntoma de renuncia al habla. Sin embargo no recuerdo nada más. Releer El sueño del pantano, pero como lo leí la primera vez: creyendo saber algo de un sueño totalmente ajeno.

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Una amiga me llama para avisarme que murió su padre. La noticia me sorprende. Un año antes había sobrevivido sin ningún colapso evidente a un accidente cerebrovascular. Manejo hacia la sala velatoria dispuesto a pasar todo el sábado frío y gris en medio de esa situación incómoda de tener que asistir al fin de un día y al comienzo de un sueño en medio de la noche que, por suerte, nunca nada interrumpirá. Descansará bajo el agua –me digo casi como repitiendo mecánicamente algo que no me importa ni comprendo. Pienso en Joyce, en el frío de Dublín, en las cenas en familia de Stephen Dédalus, en el cepillo de terciopelo azul para Michael Davitt y en el cepillo de terciopelo verde para Parnell. No sé bien por qué. Manejo con total distracción, pero al mismo tiempo estimulado por el entorno. Veo pasar las cuadras del centro vacío de la ciudad. Recién entonces pienso que Antonio Oviedo tiene la misma edad que el muerto. Es ahí cuando me olvido por un instante de cualquier tipo de asociación involuntaria y comienzo a sentir una languidez que sube por las extremidades y el centro del cuerpo. Siento en la boca del estómago un nudo invisible que a través de la tensión que deja la resaca me ata a la borrachera de la noche anterior. De seguro eso es el origen de lo involuntario: un repliegue del cuerpo, algo que se cierra. El nudo del estómago me lleva a recordar que “S” pedía más Champagne, “C” llenaba la realidad con el relato de sus proyectos, y Oviedo, inescrupulosamente, dirigía nuestros actos dejándonos hablar y hablar; hasta que a veces, como queriendo torcer el curso irrecuperable de las cosas, depositaba una palabra entre nosotros para que continuáramos hablando alrededor de lo que él había dicho. Yo veía el aire espeso que nos envolvía, propio de los primeros fríos que hacen más agradable la noche y seguía algo en el orden trazado por ese discurso de pasos perdidos. Recuerdo entonces un detalle, un gesto, un acto delator. De pronto, Oviedo ya no prestaba más atención a nuestras palabras, sólo le interesaba su cansancio; sólo le interesaba su vejez disimulada en medio de nuestra compañía. Pienso de nuevo en Stephen Dédalus; pero ahora en el cuerpo desnudo que lo atormenta en las afueras de Dublín, como si se tratara del erotismo etéreo de una virgen o de una llaga en carne viva –y eso también gira en torno a lo que se disimula: un episodio de invierno, una aventura en la noche, la difusa cercanía de una epifanía. Vuelvo a mi largo estado de languidez, de vacío, de intoxicación y aturdimiento. Subo al tercer piso por un ascensor pequeñito. Confundo el número de sala y literalmente me confundo de muerto. Entro en la encendida fosforescencia de otro cuerpo velado. Comprendo rápidamente el sistema de funcionamiento de ese ritual que había olvidado por completo: silencio profundo y miradas perdidas. Lo imito a la perfección. Pero llorar sería una atribución que sólo una intimidad y una cercanía con el muerto permitiría. Y de repente, al mirar el cajón que se hundirá en la larga noche de la nada misma, imagino a Antonio Oviedo adentro de él sufriendo la estrechez de medidas que no se corresponde con sus restos mortales. La incomodidad –que evitó denodadamente durante toda su vida– lo acompaña en su hundimiento, también la tenue impostación de un respeto al vacío. Como el final del capítulo siete de Ulises, despido sus restos: “-Algunos dicen que no está en absoluto en esa tumba. Que llenaron el ataúd de piedras. Que volverá algún día. Hynes movió la cabeza. –Parnell no volverá nunca –dijo-. Está ahí todo lo que era mortal en él. Paz a sus cenizas”.

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Como Blanchot ante el vacío de la amistad: “Todo lo que decimos no tiende sino a ocultar la única afirmación: que todo debe desaparecer y que no podemos permanecer fieles más que velando por este movimiento que desaparece, al cual, algo de nosotros, algo que rechaza todo recuerdo, pertenece desde ahora”.

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En Ulises el lánguido chorro de imágenes y palabras de la mente de Bloom deposita sobre el cuerpo velado de su amigo Patrick Dignan tan solo un flujo de “Mariposas de los muertos”; las que por cierto le recuerdan que “desde luego las células o lo que sea siguen viviendo” en el cuerpo inmóvil del muerto. Para tener en cuenta entonces: en este caso la barca es un coche negro tirado por caballos que cruzan la ciudad soñada hacia el cementerio de Dublín; en este caso el cuerpo de Patrick Dignan emprende un viaje hacia la “negra tierra” que es otro mar tenebroso surcado por inmóviles y subterráneos botes, donde la vida, como una pequeña larva, continuará hasta la forma más compleja de los fosforescentes invertebrados. Para tener en cuenta también: otros invertebrados, tal vez mucho más complejos y sin esa fluorescencia, se adhieren en las profundidades del canal de la mancha a los anillos que ensamblan los tramos del Eurotúnel.

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Releo en Vísperas una velada alusión al bote que se detiene en el Canal de la Mancha. “Revol dijo que le producía un miedo paralizante tomar una decisión” –es decir, Revol flota sobre brumas espesas que no sólo envuelven su mente, sino también su cuerpo, suerte aquí de bote oscuro que a cada palabra rompe una ola pero no decide nada. “En Londres, una siesta con el cielo inusualmente abierto, a medida que «paseaba por Kensington Gardens» sufrió un mareo que retrasó su anhelado propósito de visitar la Serpentine Gallery para ver un cuadro de Sargent” –desde ya que el bote que podría perderse en las rojas calles de la ciudad, en realidad se pierde en el producto indisociable de todo pensamiento: el miedo, ese otro mare nostrum, esa palabra que falta. “Tuvo que sentarse detrás de un árbol alrededor de media hora con los ojos cerrados y «con la mente en blanco». El pensamiento, no de la decisión sino de la indecisión, o incluso de las dos opciones juntas, le producía un repiqueteo en el estómago que luego se extendía a los oídos y a los ojos” –es obvio, Revol acompañado de Alexander Pope, en realidad por “el tenue erotismo de la lírica popeana”, se horroriza ante ese otro mar mucho más profundo que la comparación de Homero con las negras aguas, pues sabe que sólo es “un hombre que ya había renunciado emocionalmente, visceralmente, a la suprema decisión del artista”. Es verdad entonces –aunque leamos las licencias de una novela que, como un bote oscilando entre dos orillas se ha detenido en mitad de la tormenta– él había decidido no decidir.

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Antonio Oviedo me pide un texto para la revista de ese gran barco negro que dirige: la Biblioteca Córdoba. Me niego a escribirlo porque en principio me parece vanidoso hablar de lo leído. Después me doy cuenta de que no he hecho otra cosa –al menos en los últimos años– más que glosar instantes de libros que pertenecen al pasado. Igualmente como mi negativa sobre una biografía hecha de lecturas sólo me llevaría a la pura displicencia que llamaría más la atención, evito pensar en el asunto. En realidad me doy cuenta que a través de esa negativa se ha habilitado entre los dos un nuevo paso de comedia. Antonio Oviedo me llama cerca del mediodía como ya es habitual en una suerte de parte diario sobre los estados del tiempo. Ni bien atiendo lo único que dice por unos instantes es “¿y?”, varias veces y con una pausa sostenida, como tratando de señalar, en esa singularidad, que ante el tono empleado no tengo respuesta alguna y menos aún para su hallazgo de una economía del lenguaje que intimida por aquello que falta. A los pocos días encuentro en mi bandeja de correo un mensaje que tiene por asunto la palabra “pregunta”, y al abrirlo leo, o mejor dicho escucho, “¿y?”. Pasado un tiempo encuentro otro mail, esta vez sin rastro alguno del paso de comedia que parece olvidado, distante, ya perdido entre los dos. Sin embargo al abrir el mail leo, o mejor dicho, al escucharlo, leo: “Para que la pregunta esencial se pueda reactualizar una vez más: ¿y?” Al margen del texto que no escribiré pienso entonces que ese sonido reiterado por uno y por otro presagia lo único que podemos decir ante la extrañeza que el mismo nos trae, y por supuesto, adónde nos deposita cada vez que cumplimos la labor de ser dos marionetas sin hilos para justificar cada uno de nuestros actos que así, felizmente, se vuelven secreta literatura.

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Antonio Oviedo me cuenta: Tuve un sueño el sábado entre las seis y media y las siete de la tarde; el rostro del Hombre Mágico y mi padre me reprochaban haber escrito una reseña en contra de un libro de Mao. Sólo le sugiero que hable de él con Wonderland. Le recuerdo también el tétrico episodio del veneno para ratas y el gato que aúlla en la noche. Por cierto, menciona al pasar que el Hombre Mágico ha vivido demasiado; los dos coincidimos en que así ha entrado en esa zona de la total impunidad, la cual le permite reprocharle a los demás los más bajos instintos de lo humano, como por ejemplo el seguro placer de matar, necesario en circunstancias límite para afirmarse y perseverar en el ser más allá de la pasión triste que signifique. Me dice también que sobre el final del sueño, cuando se excusaba de lo escrito y los reproches se desvanecían pues eran infundados, el rostro del Hombre Mágico, que era el rostro de su padre y viceversa, se desdibujaba, se desinflaba en un hilo de voz, se volvía invisible como todo lo que perdimos o estamos próximos a perder. Pienso ahora, sin rostro alguno y sin voz, en una larga despedida que no se puede soñar.

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Llego hasta la cocina de la Biblioteca Córdoba acompañado por “L”. Lo escucho hablar sobre música, política, el pasado que sólo compartimos con la objetivación que de él podemos hacer en el fantasma de la conciencia. En realidad lo escucho hablar sobre gráficos y procesos matemáticos que aseguran esquemas o patrones de conducta en una serie de bocetos monstruosos sobre ideas que poco o nada tienen que ver con la realidad; esa realidad que al margen, por momentos parece estar y no estar bajo el abrigo de este edificio público. Pienso que si en algún momento dejo de escucharlo o prestarle atención me golpeará, se lanzará como un loco encima mío. Después recuerdo que todo esto es parte también de su actitud inofensiva; es parte también de mi brutal capacidad para distorsionar las cosas. Sin embargo el cigarrillo consumido en su mano, que termina en unos dedos gordos donde apenas se deja ver una insignificante uña, delata la ausencia mental que “L” oculta bajo todos estos protocolos del habla. De repente miro hacia un costado y veo una cocina con una pava de aluminio sobre el fuego. En realidad lo que veo y me llama la atención es el sarro acumulado que alcanzo a distinguir en el pico oscuro de la misma. Parece ser entonces que en la administración pública ese objeto es el símil de una figura retórica inevitable pero inútil, pues nadie la usa, aunque todos saben que está ahí, al alcance de la mano, como las metáforas lo están para salvar cualquier discurso de un malentendido. Me llama la atención porque es la tercera o cuarta que veo en el trascurso de unos días. Mientras “L” pasa de las matemáticas a los amigos en común, observo sobre la superficie opaca de la pava una serie de pequeñas abolladuras, irregularidades, protuberancias de un terreno lunar como el que se ve en una imagen detallada pero de algo que sabemos se encuentra a miles de kilómetros de distancia. De repente la voz se aleja, se vuelve un rumor que ni siquiera llega a ser una molestia. Comienzo a ver las gotas de vapor que silenciosas y constantes producen una columna gaseosa que jamás se agota. Me concentro en la fuerza del calor transformada en proceso químico, la cual una vez más cambia un estado de la materia, de la naturaleza. Imagino entonces las grandes burbujas en estado enloquecedor, capaces de quemar cualquier cosa al más mínimo contacto, capaces de transmitir el ardor de una quemadura a cualquier objeto, ya sea la verde yerba mate, el sabor oculto de un té o la simple frialdad del vidrio templado de una taza. Imagino también que la distracción es una forma entre tantas otras de darle una continuidad soportable al presente. De repente escucho lo más próximo a ese presente: “–Y el muy bestia le dijo ¿sabe Dr. “R” quién es el padre de la música electroacústica? David Bowie. Imaginate la cara que puso “R”.” Sigue hablando sin prestar atención a que ya no le presto atención. Elijo entonces cambiar el estado de mi propia materia, desvanecerme en el vacío que no posibilita recuerdos; elijo fundirme en la nada, evaporarme ante cualquier posibilidad de continuar este discurso sin sentido en el cual yo aporto el resto de silencio. Saludo a “L” prometiéndole volver. Busco a Antonio Oviedo en el despacho próximo a la calle que es una amplia habitación con chimenea y paredes empapeladas como hace cien años atrás. En un momento mientras cruzamos la calle en medio del ruido infernal de todas las líneas de colectivos que llevan al sur y al oeste de la ciudad, me dice: “¿Qué hacías hablando con “L”? Ayer casi se agarra a trompadas con un empleado”.

El presente es pura distracción, y a veces por eso mismo no entra en una frase. Todo entonces me predispone a esquivarlo, a tejer el sonido de las voces que escucho y a olvidar lo que luego sólo puedo recordar. Obligarme a recordar para saber qué ha sido el presente. Esto no es evasión, tampoco indiferencia; mi entrega es pura predisposición negativa.

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Llamo a Antonio Oviedo para encontrarnos cerca del mediodía. Esta vez el lugar no es el comedor a los pies de lo que fuera la torre más alta de la ciudad –justo enfrente de la Biblioteca– sino un bar que hace esquina y promete una vista estratégica: el palacio municipal, un viejo paseo colonial y el invisible arroyo urbano de aguas lentas e insignificantes que corren de norte a sur hasta chocar con la orilla opuesta del río donde a sus pies se levanta el edificio roto. Hablamos sobre el arte del matrimonio y pienso en aquello que entre los dos se hace posible al hablar: la negación de todo sentido literal. Coincidimos entonces en una imagen: el matrimonio es una suerte de resguardo, una estación adonde detenerse, una sombra que protege de la inclemencia de un día abrazador. Mientras el tema se agota veo la luz de octubre flotando en el aire. Parece como si un denso estado gaseoso envolviera la atmósfera, pero a la vez, como si todo a través de ella tuviera la capacidad de hacer único e irrepetible cada contorno de los objetos donde se refracta. Me quejo entonces por la proximidad del verano – recuerdo que al entrar Oviedo se fastidió por el calor del nuevo lugar diciendo: ¿viniendo acá qué ganás?–; inmediatamente me dice: a la tarde está pronosticada lluvia. Le contesto: qué bien nos vendría una corriente helada del mar Báltico. Se sonríe y dice: no me lo digas. ¿Por qué no decirlo? Seguimos hablando y la conversación va desde el precio de una camisa importada del Reino Unido que recibió como regalo de cumpleaños, hasta el descubrimiento de una temprana inclinación homosexual en los cuadernos borradores de Saer delatada por páginas arrancadas en uno de esos cuadernos. Ahora, mientras escribo esto, la lluvia pronosticada se hace real. De repente la tarde se oscurece con una extraña luz blanca que apaga el brillo adquirido por todo lo exterior a las cuatro de la tarde. Finalmente, el límite puesto al calor equívoco del verano se transforma en un fuerte estruendo producto del más transparente granizo que, al golpear sobre el balcón del ventanal, se oscurece en el silencio de una charla interrumpida.

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Hablamos sobre el desmesurado entusiasmo de “C”; sobre su necesidad de agotarse en la organización de proyectos, fiestas, tretas universitarias y demás cosas. Casi al unísono, en un único e invisible movimiento, completamos la siguiente frase: “Sí, habría que decirle, recordarle que no todos los días suceden cosas extraordinarias”.

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Veo terrazas con objetos olvidados, antenas raquíticas, ventanales de hierro, una cúpula gris que termina en una aguja que se hunde, desafiante, en el cielo celeste con nubes que llegan desde el río para cargar el aire con una niebla delgada, un velo que a la noche caerá sobre los cuerpos dormidos, y que la música de los aires acondicionados envolverá para transportar de una a otra orilla, siempre sofocante, fluvial y encendida. Duermo solo en un hotel, y trato de escribir para hacer como si todo siguiera el mismo curso en esta ciudad asentada sobre la llanura que no se parece en nada a esa otra atravesada por un río, encerrada por el violáceo oeste y el verde llano que se vuelve infinito como la ganancia del mercado de cereales donde cada fruto de la tierra cotiza en alza. Indudablemente esta no es la ciudad de la tetralogía, la ciudad de las versiones, de los hechos que la niegan y la definen. Pero aquí sueño con situaciones que podría soñar en ella. Sueño por ejemplo con “S”, que una vez me dijo que su entusiasmo por esta ciudad era igual al de un griego por Atenas. Está sentado en una silla de madera que parece una reposera, un mueble de campo o de playa, un objeto que denota cierta distinción en su confección, y que otorga también cierta distinción a quien se sienta en él. Me dice: “Hay escritores ya viejos que podrían dejar de escribir, que podrían entrar en el silencio. Pero no, acumulan libros y más libros”. Me despierto. Dejo correr la ducha, me incorporo al mundo, viajo por las entrañas de la ciudad entre parpadeos de oscuridad y destellos fluorescentes de blancos tubos que iluminan la mañana bajo tierra en la gran madriguera del subterráneo. Lo escucho leer a mi lado –en la ficción de un Congreso de Literatura– la idea del pasado en el “tema” que se impone para una novela, que contrasta con el presente, el cual en sus frases es relación pura y secreta entre los objetos. Recuerdo entonces el sueño, las primeras impresiones físicas y sentimentales de estos días; toda aquella fabulación incomprensible que me arrastró hasta este instante en el que otra vez escribo sin orden, sin prisa, casi sin motivo y sin fin, esa especie de imposible regreso al presente que también, en algún punto ya de la realidad, es pura y secreta relación entre los objetos.

Me encuentro con Oviedo por sorpresa en una librería del centro. Inmediatamente decido no contarle mi viaje de la semana anterior. Además no me dejaría hacerlo, porque ni bien me ve comienza a emitir frases sueltas que me describen con el fin de incomodarme adelante de los vendedores, a quienes ahora ha transformado en nuestros espectadores. Sentado en una silla en el pequeño local hojea varios libros de autores de la ciudad. Lee frases en voz alta y se burla. Se ríe de un modo que llama la atención, pues parece como si la risa inmaterial, fantasmal y sin huella más que ella misma suelta por el aire, fuera más grande que el cuerpo depositado entre las pilas de libros y los estantes de madera. Los clientes lo miran. Mejor dicho nos miran. En un momento me lee una frase y dice: “¡Qué bestia! ¡Cómo va a usar la palabra «bulín»! ¿No sabe que ya nadie la usa?” Se produce entonces una situación extraña, pues todos se miran entre sí y me miran como pidiéndome explicación ante lo que pasa. El único que no se percata de este cruce de miradas es Oviedo, que sigue “hurgando entre la basura”. Salimos de la librería, hacemos una cuadra juntos hasta llegar a la avenida donde nos separamos. Nos protegemos del sol bajo un cartel amarillo que hace esquina con el comienzo de la peatonal. El flujo de gente es incesante. Lo vemos pasar como si contempláramos una corriente de algo que no posee sentido alguno pero atrae. Oviedo habla sobre San Martín de Porres –comedor de día, ropero nocturno, según reza su cartel– que está a pocas cuadras de nosotros. Recuerda la dosis diaria de mendicidad que ya no sólo otorga la ciudad sino lo real como entidad tozuda, según palabras de Lenin. Veo entonces que lleva una bolsa de plástico con tres bollitos de pan de centeno y unas ciruelas pasas apelmazadas en un mazacote negro más oscuro que el pan, pero al mismo tiempo brillante, como todo alimento extraño que jamás hemos probado. Me cuenta que siempre almuerza lo mismo. Pienso en algo que pensé en otra ciudad al leer una entrevista a un poeta metódico: lo infinito que todos ven como único está en la reiteración secreta que se oculta debajo de la monotonía. Nos separamos. Él cruza la avenida y yo me quedo en la vereda. De repente los autos, la gente, el aire caliente del mediodía que se levanta desde el asfalto parecen una gran ola que entre los dos, una y otra vez, rompe con una violencia inusitada. En ella Oviedo se pierde a lo lejos, como el bote que cruza el revuelto canal bajo el cielo de una tormenta, en la pesadilla de la ciudad que no conoce el océano.

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Me encuentro en el centro con “M”. No puedo creer que así sucedan las cosas, ya que hace dos días que recuerdo un sueño, que soñé hace meses y en el cual él estaba. Le transmito el sueño y mi sorpresa. “M” habla en la calle con un amigo mío que escribe reseñas en el diario. En realidad “F” en las reseñas encuentra una excusa para inventarse una fama literaria que no tiene, pues no ha escrito una sola página de literatura. Yo los miro a la distancia hasta que “F” se acerca y me saluda. Me mira y no me dice nada. No hablamos. En su mirada hay algo que denota incomodidad entre los dos; pero esa incomodidad se hace mucho más evidente en sus gestos. Se va. Finalmente, no sé muy bien cómo pero me doy cuenta que “F” le ha pedido a “M” –que es psicoanalista– que le preste su nombre para poder atender pacientes y así ganar dinero. Fuera ya del relato, “M” me dice: “Qué extraños los sueños. Aunque en realidad “F” eras vos”. Y tiene razón. Hace unos días el Estado Nación decidió ponerle fin a mi estado de bienestar tras una imposible ciencia de la literatura. Aunque en realidad creo que le puso fin a mi miedo a no contar con dinero; o en todo caso, a la obligación moral de tener que vivir bajo el reconocimiento de los otros, ocultos detrás de la figura del dinero. “M” me cuenta que está haciendo una revista y que en ella escribe un ensayo sobre la presencia de Lacan en Escrita o algo parecido. Se lamenta de que sólo su revista y El banquete hayan dedicado la atención que en su momento Escrita no tuvo. También me cuenta que cada uno de los integrantes de la revista debe comprometerse a vender diez números, pues para hacerla hace falta dinero. Yo lo escucho. Recuerdo el diario de una paciente de Lacan en el cual se queja de las sumas que éste cobra por unos escasos minutos en los cuales, por lo general, lo que reinaba era el maltrato. En realidad lo escucho y pienso en cómo sacarle la posibilidad de dar una clínica, un curso, cualquier cosa para un grupo de psicoanalistas que estén dispuestos a pagarme por el solo hecho de hablar sobre literatura oculto detrás de mi propio nombre. Por último el resto de la charla se diluye en esperanzas vanas, se diluye en lo que por estos días llamo el fin de las grandes esperanzas, tal vez mucho más ciertas que los intereses ocultos en nuestras palabras, tal vez mucho más ciertas que el temor oculto en los nombres de mi sueño.

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Al azar unos versos de Horacio que siguen el curso de las olas sobre el Canal de la Mancha: “Que la poderosa diosa de Chipre / y los hermanos de Helena, refulgentes estrellas, / te guíen, oh nave que me debes / a Virgilio a ti confiado, / para que incólume te lo suplico, / me lo traigas de la tierra ática / y protejas a quien es / la otra mitad de toda mi vida”.

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Notas:

[1] Poeta y ensayista, autor de Mujeres enamoradas (2006), Regalo de bodas (2007), Villa Olímpica (2013) y de los libros de ensayo Abisinia Exibar (tres ensayos sobre Néstor Perlongher) (2009), Los nombres del fantasma (2010), Batallas secretas (ensayos sobre la ausencia de la literatura) y La experiencia imposible (Blanchot y la obra literaria) (2012).

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