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¿Qué tenés que ver vos con La casa de los libros perdidos?

Bajo esa pregunta testimonia Ana Gerchunoff la caída en la cuenta del lugar donde habitaron ella y su familia, como las medidas que inventaron para el rescate de libros-vidas.

¿Qué tenés que ver vos con “La casa de los libros perdidos”?  Pregunta que se podría hacer cada uno, no importando edad, sexo, religión ni militancia partidaria.

¿Qué tenés que ver vos con “La casa de los libros perdidos”?  Es una pregunta que implica a la humanidad de cada uno con respecto a la pesadilla de la Historia. El contexto está enmarcado en los años crueles de la dictadura militar de la década del 70. El decreto de prohibición de obras, autores y libros era tajante, homologaba la tenencia de libros con la persona misma, o sea a la subversión había que hacerla desaparecer en sus ideas y en sus cuerpos. Intolerancia absoluta a los cuerpos hablantes/lectores que contradigan la idea única de la imposición del régimen.

Eran los años de plomo y botas, leer era un arte que había que saberlo cultivar en tiempos donde la persecución llegaba hasta los extremos de gobernar cuerpos, vidas y lo imponían agentes de muerte. Ricardo Bruera, Ministro de educación y cultura, montó la estrategia que fue llamada “Operación Claridad”, la misma consideraba a determinados lectores o portadores de libros como terroristas. Jorge Rafael Videla podrá explicar en un diario masivo el accionar de la operación -que quizás ahora resuene a líneas de ese Jefe de Bomberos tristemente célebre Beatty de la novela Fahrenheit 451– “El terrorista no sólo es considerado tal por matar con un arma o colocar una bomba, sino también por activar, a través de ideas contrarias a nuestra civilización, a otras personas”.

El documental La casa de los libros fue realizado por la Prosecretaría de Comunicación Institucional de la UNC para conmemorar los 40 años del golpe, Diego Julio Ludueña, Eliana Piemonte, Josefina Cordera, Glenda Mackinson, Sebastián Cáceres, Rocío Montamat y Daniel Scarello y cuyo estreno fue en el año 2016. Actualmente se puede encontrar de manera gratuita y al alcance de todos en el portal web de Youtube. El acto de donación de semejante producto no significa que sea un producto masivo. Ese producto es esfuerzo de un trabajo denodado del equipo de investigación con una articulación al detalle de los diferentes testimonios singulares con el atravesamiento de la Historia, que en esos momentos se escribía con sangre como lo supo decir Oscar Masotta.

El documental se enfrenta con un problema homólogo al que sucede en la novela de Ray Bradbury titulada Farenheit 451 (1953). En esta novela, el personaje principal Guy Montag pasa por una metamorfosis personal, de ser un simple bombero que cumplía su cruel misión día a día, casi como alguien se somete a
la rutina diaria de despertarse y asearse,  encarnando ese lugar del que obedece debidamente a su trabajo: que consistía en crear incendios en vez de apagarlos. Y los incendios que creaban eran de libros y que en algunos momentos llegaban hasta las personas. Las metáforas de tratamientos equivalentes de libros y personas son constantes. Desde comparar a las personas con antorchas que arden hasta llegar al polvo por el consumo de las llamas, hasta escenas donde diferentes personas quedan reducidas con sus libros a cenizas.

Estas operaciones demuestran el tratamiento biopolítico de los cuerpos que en la novela aparece encarnado por Beatty, Capitán de Bomberos: “Hemos de ser todos iguales. No todos nacimos libres e iguales, como dice la Constitución, sino todos hechos iguales. Cada hombre, la imagen de cualquier otro. Entonces, todos son felices, porque no pueden establecerse diferencias ni comparaciones desfavorables. ¡Ea! Un libro es un arma cargada en la casa de al lado. Quémalo. Quita el proyectil del arma. Domina la mente del hombre. ¿Quién sabe cuál podría ser el objetivo del hombre que leyese mucho? ¿Yo?”.

La biopolítica en la realidad histórica aparece encarnada en la Argentina, a partir del golpe de estado del 24 de marzo de 1976 que dio inicio a la dictadura llamada por los militares “proceso de reorganización nacional”. Se quemaron 1 millón y medio de libros: uno de estos casos ocurrió bajo las órdenes del general de división Luciano Benjamín Menéndez, jefe del III Cuerpo de Ejército con asiento en
Córdoba, que ordenó una quema colectiva de libros, entre los que se hallaban obras de Proust, García Márquez, Cortázar, Neruda, Vargas Llosa, Saint-Exupéry, Galeano, etc. Se justificó diciendo «a fin de que no quede ninguna parte de estos libros, folletos, revistas… para que con este material no se siga engañando a nuestros hijos. De la misma manera que destruimos por el fuego la documentación perniciosa que afecta al intelecto y nuestra manera de ser cristiana, serán destruidos los enemigos del alma argentina».

En la novela y en la Historia se impone la dialéctica  del olvido y la memoria, el olvido como tácticas y estrategias de una forma gobernabilidad, y la reapropiación de la memoria por parte de los perseguidos. El olvido en su versión más allá del Lethe  tratando de llegar al olvido del olvido, muerte impuesta y la memoria como supervivencia, deseo de vida y trasmisión. En esa dialéctica sutil, ya que no hay superación posible y los universales tienen las potencias de los débiles, el documental “La casa de los libros perdidos” se instala mostrando el revés de la biopolítica, su revés que en este caso se da a través de un objeto singular: el libro se muestra como ese objeto inbiopolitizable, aunque político por excelencia, inolvidable. La definición que da Lacan para sus Escritos nos enseña algo de eso: la basura, el desecho, la carta-letra-letrina que trasmite un discurso/vida y se presta a alojar/salvaguardar lo más singular de cada humano.

Tanto en la novela, como en el psicoanálisis y en el documental, la salvación vendrá por los desechos. El libro viene a ese lugar de plus-de-vida indomesticable, desechos encontrados bajo escombros, entabicados, enterrados o encontrados en
ferias de ventas de usados. Hasta quemados pero salvaguardados en las memorias de esos causados por la lectura. Que en la trasmisión se ven llevados a travestir los contenidos, a modificarlos, a repetirlos-como-loros como formas de resistir a la imposición de la persecución.

Habeas corpus formulará  Jacques-Alain Miller apoyado en el decir de Lacan. Un grito que tiene en su lema Tengo un cuerpo! Respuesta anacrónica a la pregunta del inicio: ¿Qué tenés que ver vos con “La casa de los libros perdidos”?, reversos posibles de la biopolítica que impone el tratamiento del cuerpo como cosas. Suprimir lo hablante, que es lo singular de cada cuerpo.

Faber, ese personaje enigmático que aparece en la novela de Bradbury le podrá decir lo siguiente a Montag “- No hablo de cosas, señor- dijo Faber-. Hablo del significado de las cosas. Me siento aquí y sé que estoy vivo.”  El documental rescata al detalle lo hablante de esas historias-cuerpos, cada una tendrá su lugar, recuperando la voz de los implicados sin ánimo de homogenizaciones abstractas ni fetichizaciones ideológicas.

Para terminar este breve comentario retomo la figura de Guy Montag que se separa de la sacrificialidad de otro personaje, Sra. Hudson –que muere con los libros quemados-. Se disimula en enunciados del bien a la humanidad que hacen los bomberos al quemar los libros de su casa y esto le permite no reducirse a terminar como los libros, en cenizas carbonizado, sino que decide otra maniobra vital. Vía un escape tortuoso y angustiante, puede encontrarse con otros que han pasado por un derrotero existencial parecido, aunque le indican un camino no antes visto, sublime: elevan el objeto a la dignidad de la cosa (Das ding). “También nosotros quemamos libros. Los leemos y los quemamos, por miedo a que los encuentren. Registrarlos en micro-film no hubiese resultado. Siempre estamos viajando y no queremos enterrar la película y regresar después por ella. Siempre existe el riesgo de ser descubiertos. Mejor es guardarlo en la cabeza, donde nadie pueda verlo ni sospechar de su existencia. Todos somos fragmentos de Historia, de Literatura y de Ley internacional, Byron, Tom Paine, Maquiavelo o Cristo, todo está aquí”.

La vida de un fragmento de los textos en su memoria y en sus cuerpos hablantes, indóciles e in-biopolitizables, ligeros, prácticos y móviles, sin el peso de la propiedad privada y dispuestos a todo uso, en el momento que sea necesario. El documental “La casa de los libros perdidos” y su puesta a disposición táctica en las redes sociales para esta fecha utiliza esta estrategia de elevar esas historias a la dignidad de historias-contadas-por-personas-con-deseos-no-anónimos a un público por venir, que en momentos tan aciagos de lazos vitales comunes, el don de poner a disposición para supuestamente todos, pero que en realidad recorta un público muy singular, un público que quizás al finalizar el documental pueda hacerse la pregunta del comienzo ¿Qué tenés que ver vos con “La casa de los libros perdidos”?

Marzo del 2017. Fernando Tarragó.

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Sinopsis: Documental que cuenta la historia de una familia cordobesa que en 1976 decide esconder su biblioteca dentro de una de las paredes de su casa debido a la persecución que sufría el padre.
En democracia, luego de varios años, la familia tiene la oportunidad de volver a esa casa y reencontrarse con esos libros que estaban escondidos.
A través de esta historia familiar, de imágenes de archivo y de testimonios de personas que se vieron obligadas a deshacerse de sus libros, el documental reflexiona sobre el libro como objeto cultural y como un espacio de disputas ideológicas. Además pone en valor el papel de la democracia en la recuperación de la memoria.
La casa de los libros perdidos es una producción de la Prosecretaría de Comunicación Institucional de la UNC. Equipo de trabajo: Diego Julio Ludueña , Eliana Piemonte, Josefina Cordera, Glenda Mackinson, Sebastián Cáceres, Rocío Montamat y Daniel Scarello .
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